La llamada de SungYeol la tomó por sorpresa esa madrugada mientras aún trabajaba. Habían pasado apenas unas semanas desde que habían formalizado su relación y todos los miraron extrañados, porque pensaban que nunca lo harían y pretenderían ser amigos toda la vida. Desde el principio había sido complicado estar con SungYeol. Briana muchas veces se quejaba con su mejor amiga argumentado estar enamorada de un hombre que no la tomaba en serio o que no sabía lo que querían, mientras la pelirroja le decía que tuviera paciencia porque las cosas se solucionaría. Por supuesto, Laura se había sentido victoriosa cuando la rubia le contó que el chico le pidió que fuera su novia.
—¿Aló? —contestó ella algo extrañada, dándose cuenta de la hora después de tres horas de no haber visto el reloj.
—¿Dormida?
—No, aún trabajo. Deberían ser más apuestos, así no tendría que editar tanto las fotos.
—Entonces no tendrías trabajo —respondió el chico riendo.
—Pero sería feliz.
—Si claro. Tengo un día libre el fin de semana.
—Los Idols hoy día no trabajan tanto como antes —el rió nuevamente.
—Quiero llevarte a casa para que conozcas a mamá —dijo él finalmente y ella quedó sin palabras—. Sábado. Si tienes mucho trabajo le pediré a Laura que te ayude con eso. Pasaré por ti a las 9:30 a.m —dijo el chico colgando la llamada sin darle tiempo a su espantada novia de negarse a la invitación.
Ella miró el teléfono asustada y procedió a contarle a su mejor amiga la aterradora invitación que su novio acababa de hacerle. La pelirroja rió eufóricamente, mientras se burlaba de ella diciéndole que no era la gran cosa. Pero para Briana sí lo era, siempre le había sido difícil conocer a la familia de sus novios, más aún si la familia de su nueva pareja era de un país en el que ella era extranjera.
Los días pasaron mientras el temor crecía en ella, cada vez que hablaba con su novio intentaba negarse a ir, pero sabía que tarde o temprano debía hacerlo y quizás era mejor salir de eso. Todos los días le preguntaba a Laura cómo había sido su encuentro con la familia de SungKyu y ella todos los días le respondía entre risas que no se preocupara por eso. Pero le era imposible, aún cuando no pensaba en su novio, pensaba en los padres de él.
Llegó el día y una hora antes de que su novio llegara, seguía decidiendo que ropa debería ponerse. Laura le recomendaba una tras otra, diferentes faldas, blusas, vestidos, pantalones pero ella no se decidía por nada. Estaba al borde del colapso mental y al borde de las lágrimas, como solía suceder en momentos como ese. Empezaba a quejarse por lo muy fea que era, porque estaba gorda, porque no le gustaba su cabello, su estatura, nada; y su mejor amiga le repetía una y otra vez las palabras flojas en las que le recordaba lo muy linda que era y bla, bla, bla, bla. Laura empezaba a desesperarse, y pronto las chicas entrarían en las batallas campales que tenían cada vez que alguna de las dos empezaba a quejarse por su apariencia. Pero para suerte de la pelirroja, SungYeol llamó a su novia justo antes de que las lágrimas de ésta empezaran a brotar por sus ojos.
—¿Lista?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no sé que ponerme. No voy a ir —el rió del otro lado de la línea, la conocía bien y justo por eso había llamado, para asegurarse de que ella no sufriera ese tipo de conflictos.
—¿Qué tal si te pones el vestido azul con florecitas?
—¿Eh?
—A mí me gusta cómo te queda.
—Bueno —respondió la chica con una mueca en la boca antes de colgar la llamada.
Ella se puso el vestido y definitivamente se sintió bien con él puesto. Sólo hacía falta la opinión de él para que se sintiera cómoda con cualquier cosa que se pusiera. Quince minutos después, cuando estuvo lista recibió un mensaje de él.
“¿Qué tal?”
“A mí también me gusta”
“Bueno, abre la puerta. Ya estoy afuera”
Ella se sorprendió y tomó aire para ir a enfrentar a su destino, los padres de su novio.
Durante el camino, trató de no pensar en su tortura hasta que no lo pudo evitar más. Frente a la puerta del departamento de los padres del chico, Briana apretó fuerte la mano de su novio y él rió, mientras le decía que todo estaría bien, no había nada que temer.
La puerta se abrió, y lo primero que la chica vio fue la brillante sonrisa de la madre de SungYeol. Briana sonrió de vuelta e hizo una venía un poco torpe, aún no se acostumbraba mucho a ella. La señora les indicó que entraran y el chico le dio un beso a su progenitora en la mejilla. Briana entró un poco nerviosa, guiada por la mano en su espalda de su novio. Se sentaron en uno de los sillones que había en el departamento. La madre de SungYeol se disculpó diciendo que iría a ver cuánto tardaría el padre del chico en llegar a casa, y mientras tanto la chica se dio el lujo de detallar el departamento. Por todas partes había fotos enmarcadas del exitoso chico, en diferentes presentaciones, con diversos atuendos y sobre todo con muchas poses que hicieron que la chica riera. Unos instantes después apareció el hermano menor de SungYeol, DaeYeol. Briana no lo había visto antes, quizás en unas fotos y había sabido de él desde antes de llegar a Corea, pero sólo hasta ese entonces su hermano tuvo el placer (o disgusto, ella no supo muy bien) de presentárselo. Ella lo vio atractivo y cuando el muchacho se hubo marchado, la chica le dio un codazo a su novio diciéndole que si se portaba mal lo cambiaría por su hermano menor, a lo que él respondió con un gesto de desaprobación.
Pronto llegaron los padres del chico. Una pareja no tan mayor como ella se lo habría imaginado en realidad, aunque ya había visto a la señora en algún programa junto a SungYeol. Briana se sorprendió por lo mucho que su novio se parecía a su padre. Estaban sentados en la salita mientras conversaban. SungYeol les hablaba a sus padres de cómo había conocido a la chica y qué hacía ella en la empresa, hasta que el padre del chico le pidió a SungYeol que se callara y dejara hablar a su novia sobre su propia vida. El chico sonrió y asintió apenado. A Briana le costaba un poco entender perfectamente lo que se decía en la conversación, ya que tanto a ella como a su mejor amiga aún les costaba un poco entender del todo las palabras en coreano; pero ella seguía el ritmo. Habló de su familia en Colombia, de cómo había llegado a Corea y de lo que hacía en Woollim Entertainment. Dónde vivía, cuantos años tenía y una pregunta incómoda que había hecho la madre del chico, sobre qué era lo que más le gustaba de su hijo.
Después de una larga conversación en la que variaron los interlocutores, los padres del chico volvieron cada uno a sus labores de sábado por la mañana y acordaron encontrarse a la hora del él almuerzo, cuando SungYeol dijo que quería enseñarle el vecindario a su novia.
El chico salió con una gorra y le puso uno a ella, para disimular un poco el hecho de que era una celebridad por las calles de YeongDae caminando tomado de la mano con una chica. Caminaron alrededor del edificio, mientras él le señalaba desde lejos los lugares en los que había vivido la mayor parte de su adolescencia, antes de que se le pasara si quiera por la cabeza que algún día sería un idol.
Durante el almuerzo las cosas fueron un poco más complicadas, Briana trataba al máximo poder parecer los más decente posible, mientras su novio hablaba mucho con su boca llena de cualquier cosa que comía y su padre lo mandaba a callar repetidas veces. Fue un alivio para ella notar que ya sea por condescendencia con ella o por costumbre, todos comían con cuchillo y tenedor. Hablaron de cualquier cosa, pero ella prefería hacerlo en lo más mínimo, así se sentía menos intimidada.
Después del almuerzo Briana se ofreció a lavar los platos, mientras que la madre de SungYeol le contaba historias graciosas y patéticas de su hijo (porque eso hacen todas las madres) y éste, trataba de callar a su madre que lo avergonzaba.
Cuando la conversación y la jornada de limpieza hubieron terminado, todos (y en especial SungYeol) decidieron que era mejor ir a descansar. La madre del chico se sentó en el mueble a tejer algo y éste le preguntó a su novia si quería conocer su habitación, a lo que ella aceptó entusiasmada.
El lugar era una habitación angosta bien organizada. Para ella no era ningún secreto que su novio se escapaba algunas noches del dorm, para ir a dormir a la casa de sus padres, le daba “mamitis”, como decían ella y Laura. Así que la habitación era más usada de lo que se pensaba. El chico cerró la puerta y ella se sentó en la cama.
—¿Qué tal? —preguntó él llevándose las manos a la cadera y mostrando esa gran sonrisa que solía usar.
—Es un cuarto normal —respondió la chica escaneando la habitación que no tenía nada fuera de lo común.
—Eso no —dijo él con una mueca sentándose junto a ella—, mis padres, ¿qué te parecieron?
—Aaah… eso… pues, estaba bastante nerviosa, pero son muy amables.
—Sí, ¿verdad? Mamá es un ángel —dijo el chico orgulloso y ella no respondió nada.
Hubo un silencio incómodo. Quizás ambos sabían lo que estaba pensado el otro.
—Y… ¿por qué no tienes cosas de Infinite en tu cuarto? —habló después de un tiempo la chica tratando de romper el silencio incómodo.
—Porque no quiero verlos en todas partes —respondió él con un tono de voz galante mientras se acercaba lentamente a su novia. Ella no respondió y retrocedió un poco. No es que le tuviera miedo a la boca de su novio, porque definitivamente no era así; es que se sentía incómoda en la casa de su novio, en el cuarto de su novio, mientras este pretendía besarla. Pero por supuesto, la chica no tenía la suficiente voluntad para negarse a los labios de su novio que ahora rozaban los suyos cadentemente.
Pronto estuvieron besándose suavemente, sin tocarse más que los labios. Estaban apenas conociendo las preferencias del otro, y, aunque antes de oficializar su relación ya habían compartido un par de besos, sus encuentros posteriores no habían pasado a más que eso. En unos segundos de besos suaves pero profundos, el clima alrededor de ellos empezó a tornarse más cálido. Él se acercó más a ella, mientras con su mano izquierda rozaba suavemente el brazo que tenía apoyado sobre la cama. A pesar de lo muy nerviosa que ella pudiera estar, no podía negarse a sus caricias, y a la fuerza que él estaba ejerciendo lentamente para recostarla en la cama. Cuando estuvo por fin sobre ella, apoyado en sus propios brazos, él dejo de besarla y ella abrió los ojos suavemente, para encontrarse con esa sonrisa seductora que tanto le gustaba. El chico corrió los cabellos que caían sobre el rostro de ella y la besó, primero en la frente y luego en la mejilla, para finalmente darle un beso largo y cálido, de esos besos que te derriten, pero no en pasión si no en amor. Ella sonrió aún en sus labios y el la miró profundamente antes de recostarse sin ningún aviso en el pecho de la chica.
—Tu corazón late rápido.
—Um —asintió la chica algo nerviosa sin entender en realidad por qué. Se sentía como las quinceañeras en su primer amor.
—¿Es por mí?
—Quizás —respondió ella finalmente y ambos callaran por un tiempo, disfrutando el uno del otro. Disfrutaban por primera vez esa cercanía que nunca antes habían tenido y que por supuesto no tendría cerca de los otros siete seres que los rodeaban todo el día.
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