Por algún extraño motivo, la mañana estaba bastante más fresca de lo normal. Entre la oleada de calor que azotaba Corea ese año, esa había sido una mañana fresca de domingo. Briana se había despertado temprano, como siempre, pero no quería levantarse de la cama, aún quería esperar a que el sol calentara de forma mortal y las hiciera salir corriendo a ella y a Laura del departamento, a algún centro comercial en el que el aire acondicionado lo convierte en un lugar vivible o a las oficinas de la empresa a adelantar algún trabajo, si se sentían lo suficiente inspiradas. Eso, si a Laura no se le ocurría la idea de traicionarla y arrastrarla al dorm de los siete chicos y hacerla sufrir con la presencia de SungYeol. Sufrir, sí, porque eso era todo lo que hacía SungYeol con ella, hacerla sufrir. Por otra parte, Laura se comportaba muy extraño últimamente, pero como siempre nunca le decía nada. Tonta. De todos modos, la actitud extraña de su amiga le convenía para no tener que ver a su adorado tormento. ¡Mierda! Tenía tantas ganas de verlo en realidad. Se dio cuenta, cuando se encontró en su aún no muy activa cuneta de Tumblr viendo las fotos que las fansite eonnies le tomaban al alto. Se veía tan lindo con esas camisetas de verano. Estúpido verano que lo volvía más sexy.
A Briana casi se le detiene el corazón cuando su celular sonó en sus manos y vio los ojos de su adorado tormento brillar en la pantalla. Lo miró por unos segundos sin estar muy segura si quería contestar o hacerse la dormida, o mejor la muerta y así no tendría que verlo nunca más. Pero como una muestra de su debilidad, contestó el teléfono fingiendo estar recién despertada.
—¿Aló?
—¡Hola! —escuchó la eufórica voz del chico al otra lado de la línea.
—¿Por qué tienes que gritar? Me vas a dejar sorda un día de estos.
—Grito para que te despiertes, no tenemos mucho tiempo. Date prisa, báñate, vístete, no desayunes; yo te invito algo afuera.
—¿Qué?
—Que abras la puerta, que estoy afuera. Son las 7:30, van a abrir todo y no alcanzaremos a ir. Hay mucho que caer.
—¿De qué estás hablando SungYeol? Habla más despacio. Me estás hablando en chino. Recuerda que aún me cuestas entender el coreano y más tú coreano.
—¡Aish! Nada, abre la puerta que estoy afuera.
¡Oh rayos! Briana sí había entendido bien. ¿Por qué estaba él ahí?
—Ok… —dijo fingiendo serenidad.
Mierda, mierda, mierda, mierda. ¿Por qué Laura tenía que dormir tanto?
—Oye Luli, Laura, levántate. SungYeol está afuera y quiere entrar —habló la rubia a su amiga que abrazaba la almohada y la veía ahora extrañada.
—¿Qué? —dijo soñolienta.
—¡Qué te levantes!
—¿Y qué hago? Sólo hay un baño y no tengo donde más esconderme. Me esconderé debajo de las sabanas y fingiré estar dormida. Tú metete al baño.
—¿Y quién le abre?
—Llámalo y dale el código.
Eso hizo la chica advirtiéndole al alto que su amiga estaba “dormida”. Pero a parecer eso fue poco menos que importante para SungYeol, porque desde el baño lo escuchó hablarle a la pelirroja.
Briana trató de calmarse en la ducha, De pronto se sentía muy nerviosa sólo por tenerlo en casa. Cuando estuvo vestida y lista (después de casi una hora dentro del baño tratando de decidir si usaría una falda o un short, porque hacía mucho calor y tenía que mostrarle a SungYeol de lo que se perdía, si es que se perdía de algo, porque los últimos días había deducido que no tenía nada que ofrecerle al talentoso y apuesto chico), salió del baño y encontró a su amiga sentada en la cama y envuelta en las sabanas, por las cuelas sólo salía su cabeza y sus cabellos rojos, y a Sungyeol hablando en un tono muy bajito.
—¿Qué pasó? —preguntó la rubia mirándolos intrigada.
—Nada. Vámonos —respondió el alto poniéndose en pie y dirigiéndose a la puerta.
Briana tomó el bolso que estaba en la mesa y despidiéndose de su amiga con un gesto salió del departamento. La chica no entendía nada de lo que estaba pasando y más raro le pareció todo, cuando el chico sacó de no-sé-donde un par de gafas iguales unas un poco más grandes para él y las pequeñas para ella, muy graciosas ambas. Pero justo cuando ella pensó que las cosas no podían ponerse más extrañas, SungYeol la tomó por la mano y la hizo correr a la estación del autobús. Gracias a Dios había decidido finalmente usar el short.
—¿Se puede saber qué es lo que pasa? —preguntó la rubia tomando aire cuando se hubieron detenido.
—Son las 8:30 y el museo lo abrieron hace media hora —dijo el chico sacando su celular del bolsillo y viendo la hora.
—¿Museo?
—Sí, el Museo Interactivo —respondió SungYeol con esa brillante sonrisa de niño que a ella tanto le gustaba y que la hacía olvidar porque lo odiaba tanto.
—Aaaah… —dijo rodando los ojos—, tengo hambre…
—¡Aish! Cierto… yo también… ¿comemos ahí? —dijo el chico señalando el café al que Briana y Laura iban a menudo.
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